La primera señal fue pequeña, mínima pero alentadora: una oruga aferrada a una hoja. Para una docente de la Escuela de Comercio Nº16 de Villa Crespo, ese hallazgo fue mucho más que una curiosidad natural. “En octubre apareció la primera oruga. ¡Lo logramos!”, escribió con entusiasmo. Así, celebraba un proceso colectivo que había comenzado meses atrás, en el marco del proyecto “Las mariposas van a la escuela”, impulsado por el Jardín Botánico “Carlos Thays” de la Ciudad de Buenos Aires.

La iniciativa propone algo tan simple como transformador: convertir patios escolares en pequeños refugios de biodiversidad. A través de jardines con plantas nativas, busca acercar la naturaleza a las aulas y, al mismo tiempo, contribuir a la construcción de biocorredores urbanos capaces de sostener la vida de polinizadores en medio del paisaje urbano.
Durante el último año, más de cien escuelas porteñas se sumaron a la experiencia. Docentes, estudiantes y familias participaron del armado de jardines de mariposas, una propuesta que, a la vez, fue integrada a distintas materias y proyectos pedagógicos.

“Presentamos primero un proyecto ante la BGCI (Botanical Garden Conservation International) para conseguir fondos con los que desarrollar material didáctico —una guía de plantas que atraen mariposas y otra sobre especies frecuentes en la Ciudad—; ganamos ese subsidio y así nació el programa”, cuenta Adriana Burgos, responsable del área educativa del Botánico.

La rueda que gira
La convocatoria inicial superó todas las expectativas. De las escuelas inscriptas, 110 fueron seleccionadas para iniciar el recorrido. Todo comenzó con una capacitación presencial para docentes, donde cada referente recibió nueve plantas nativas producidas por el Centro de Información y Formación Ambiental (CIFA), ubicado en el barrio porteño de Villa Soldati. Esos ejemplares fueron la semilla de una red que empezó a desplegarse por distintos barrios.
Con el paso de los meses, los jardines fueron cobrando vida. “Son lugares donde estudiantes y docentes aprenden sobre naturaleza urbana y ayudan a formar corredores biológicos en la Ciudad”, explica Graciela Barreiro, directora del Jardín Botánico.

El acompañamiento fue constante: desde grupos de WhatsApp para consultas e intercambio de experiencias, hasta materiales didácticos y actividades compartidos en Classroom.
Un nuevo camino
Ahora, con el inicio de un nuevo ciclo lectivo, la propuesta vuelve a abrirse. “¿Sos docente y te gustaría transformar tu escuela en un paraíso para mariposas?”, pregunta la convocatoria difundida en redes sociales por el Jardín Botánico.
La invitación busca sumar más instituciones educativas dispuestas a crear jardines de plantas nativas que atraigan polinizadores y acerquen la naturaleza al aula.

El programa, que obtuvo un subsidio del Minnesota Landscape Arboretum, continúa creciendo con la misma premisa que dio origen a la primera oruga celebrada en Villa Crespo: demostrar que, incluso en la ciudad más acelerada, todavía hay lugar para promover en forma activa ciclos lentos de la vida.
Qué son
Los jardines de mariposas son espacios diseñados especialmente para atraer, alimentar y proteger mariposas nativas en todas sus etapas de vida.
Entre flores, refugios y plantas hospederas, demuestran cómo la biodiversidad florece cuando se le da lugar.
Para lograrlo, se combinan dos tipos de plantas: las llamadas “nutricias”, donde las mariposas depositan sus huevos y de las que se alimentan las orugas, y las plantas “nectaríferas”, que ofrecen alimento a los ejemplares adultos.

En contextos urbanos, los jardines de mariposas funcionan además como pequeñas islas verdes que ayudan a conectar áreas naturales dispersas y favorecen la presencia de polinizadores, fundamentales para la salud de los ecosistemas.
